¿Un libro blanco sobre el que reescribir nuestra educación?


El mismo Ministerio de Educación que en junio de 2010 elaboró aquel "Plan de Acción" que contenía los objetivos educativos para 2020, encargó en 2015 a un pequeño equipo liderado por el filósofo José Antonio Marina, que elaborara un ensayo que tratara de presentar una serie de medidas y propuestas, con rigor y síntesis, acerca de la profesión docente. La obra, bajo el nombre de Libro Blanco de la profesión docente y su entorno escolar, polémica desde el primer momento, tenía el objetivo de servir como base para el inicio de un debate que se ha de dar en las esferas educativas -y en la sociedad- acerca de cómo estructurar, regir, y en definitiva, plasmar cómo ha de desarrollarse la profesión docente modelo, bajo qué conceptos y estudios, con qué objetivos, y en cierto modo, cómo lograr la dignificación de la profesión. 

No sabemos si por aquel año desde el Ministerio ya eran conscientes de que los planes y objetivos predefinidos para 2020 no iban a llegar a cumplirse con totalidad -ni en su mayoría-, pero lo cierto es que este White Paper representa, al menos, otro intento más de tratar de poner solución a los problemas educativos en España. Al menos desde el plano teórico, porque como otras tantas veces, habría que comparar si realmente algunas de las medidas contenidas en esta obra, podrían -o pueden- ser aplicadas con inmediatez.

En este post nos centraremos en analizar la cuarta propuesta: "la formación de los profesores", por lo que, al igual que os dije en el post del Plan de Acción, ¿¡¿¡a que esperáis a pasaros por el resto de los blogs de los compañer@s del máster, que han tratado y dado su opinión acerca del resto de las 20 propuestas contenidas en la obra de Marina!?!?

No hay lugar a dudas que una correcta formación del profesorado es un requisito esencial y básico para garantizar que la educación sea efectiva y de calidad. Por ello, ¿donde están los límites al conocimiento? En la opinión de Marina, y-también en la mía- el profesorado, por la importancia de su profesión, debería estar en continua formación, actualizando y renovando sus habilidades para continuar formándose de la mejor manera, y no quedarse anclados en unos conocimientos o métodos educativos insuficientes. Si la educación es permanente y para toda la vida, ¿quién mejor que el propio docente predique con el ejemplo? 

Sin embargo, en contra de esta gran propuesta -y muy lógica, por otra parte- hay una serie de factores que dificultan su aplicación. La excesiva movilidad del profesorado -que implica a su vez un elevado número de interinos-, conlleva a que no haya estabilidad tanto en los centros, como en la vida del docente. Al no haber continuidad laboral en un mismo centro, se dificulta la integración del docente en los proyectos del centro, el conocimiento del alumnado, y no menos importante, la formación de un ambiente estable en el que el docente desarrolle y progrese con su formación permanente. 

Por tanto, a pesar de que se logre una implicación total del docente respecto a su formación, hay factores que se escapan a su control. Sólo un PACTO SOCIAL que trabaje PARA Y POR la educación, que sea coherente y en el que se involucren no sólo políticos y especialistas, sino el conjunto de la sociedad, con sus medidas, inquietudes y problemas, puede estar en la base de la solución. 

Mientras tanto, por lo menos, empecemos nosotros a poner de nuestra parte, y a cumplir aquello que debemos y para lo que debemos trabajar, sigamos adquiriendo conocimientos y acumulando experiencias educativas, a la espera de que la otra parte del trato, se vaya haciendo efectiva. Quedémonos con que el primer granito de arena es nuestro. 

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